Del libro, Enseñanzas espirituales, del Hermano Juan Bautista, se han tomado los fragmentos que siguen que de una forma algo simbólica y extremadamente sencilla, nos pueden dar una idea de las claves espirituales del espíritu marista.

Marcelino es la raíz que da vida a la educación marista. Aproximadamente, unos veinticinco años después de su muerte, el hermano Juan Bautista, su primer biógrafo, recogió en un libro los apuntes que había tomado en charlas y explicaciones del fundador. De ese libro, Enseñanzas espirituales, se han tomado los fragmentos que siguen, y que, de una forma algo simbólica y extremadamente sencilla, nos pueden dar una idea de las claves espirituales del espíritu marista.

«Y así les explico el ayuno que gustaba a Dios:
Hay que hacer ayunar a los ojos. Hay que mirar hacia dentro. Hay que ser profundos y no perderse en superficialidades.
Hay que hacer ayunar a la lengua. Hay que hablar más con Dios y con uno mismo. Hay que buscar las palabras auténticas que nos ponen en contacto con los demás, dejando sin aliento a las palabras vacías y, sobre todo, a las palabras ofensivas.
Hay que hacer ayunar a los defectos, al egoísmo, a los caprichos. Hay que dejar que se vaya quedando sin fuerzas nuestra pereza, nuestra tristeza, nuestro orgullo.
Y finalmente, hay que tomar mucho alimento en nuestro corazón y en nuestro espíritu, hay que rezar con fé y con fervor y hay que abrir el corazón a los pobres y ayudar mucho a la gente necesitada.»

Saber perdonar con alegría lo que no nos gusta de los que viven con nosotros.
Disimular y hacer como que no se ven esas cosas que otros hacen mal, y que a veces apuntamos para echarles en cara cuando estamos enfadados.
Tener un gran corazón para ayudar a quien sufre o lo pasa mal.
Estar siempre alegres y contagiar alegría a todos.
Saber ceder en las ideas y opiniones y no encerrarse en ellas.
Estar dispuesto a ayudar siempre, a echar una mano, a colaborar en las cosas que nos piden los demás.
Ser educado y respetuoso y prestar a todos las debidas atenciones.
Y pensar más en los demás que en uno mismo.

Educar al niño es abrir su inteligencia, y esto significa que en el mundo de sus ideas, de sus deberes, van integrándose las manifestaciones del amor de Dios
Educar al niño es formar su corazón, y en él la semilla de las buenas disposiciones, la acogida, la cordialidad, la generosidad, la sensibilidad frente al dolor y la necesidad ajena.
Educar al niño es hacer firme su voluntad, construirla desde valores y principios auténticos; ayudarla con la bondad y la rectitud; reforzarla en la obediencia y la sumisión a quien manifiesta amor y cariño.
Educar al niño es hacerle creer en el amor a Dios, y para ello la formación en la oración, la alegría en el ser cristiano, la esperanza, el perdón... Y, por otra parte, la lucha contra el egoísmo, la violencia, el mal que siempre nos rodea.
Educar al niño es hacerle amar el trabajo, con constancia, con disciplina, con orden.
Educar al niño es apoyar su desarrollo físico. En la fuerza y el vigor, en la salud y el buen crecimiento hay unos elementos muy importantes para la felicidad, que no se pueden olvidar en la educación.
Son muchos las claves que se desprenden de estos pequeños fragmentos: se repite con frecuencia la palabra alegría, el amor a Dios, la lucha contra el egoísmo, la importancia de la educación y de la entrega a los más pobres y necesitados.